jueves, 5 de noviembre de 2026

La Gestión Pública y los Modelos de Gestión

 

 

 MODELOS DE GESTIÓN

PARA LAS ORGANIZACIONES PÚBLICAS

Principios esenciales para la creación de valor público

Oscar Felipe Pardo Ramos

2026

 Capítulo 2

La gestión pública y los modelos de gestión

Introducción

La gestión pública ha evolucionado mediante distintos modelos que buscan orientar la organización y la actuación del Estado frente a las necesidades y los problemas de la sociedad. Cada modelo responde a contextos históricos, fundamentos teóricos y concepciones particulares sobre el papel del Estado, la administración y la ciudadanía. Comprender sus principios, aportes y limitaciones permite reconocer que no constituyen fórmulas excluyentes, sino enfoques que pueden complementarse y transformarse para fortalecer las capacidades institucionales y contribuir a la creación de valor público.

2.1 Fundamentos conceptuales

2.1.1         La gestión pública y sus propósitos

La gestión pública constituye una actividad esencial para el funcionamiento del Estado y la realización de sus fines. A través de ella, las decisiones políticas se traducen en acciones, las normas adquieren expresión práctica, los recursos se transforman en bienes y servicios y las instituciones desarrollan capacidades para responder a las necesidades de la sociedad. De este modo, su alcance trasciende la administración de recursos y el cumplimiento de procedimientos: comprende también la capacidad de los gobiernos para intervenir en la realidad social, afrontar los problemas colectivos y producir resultados que contribuyan al bienestar general.

Esta concepción permite distinguir entre el funcionamiento administrativo de las organizaciones públicas y la efectividad de su actuación frente a los problemas de la sociedad. Una entidad puede cumplir sus funciones, ejecutar su presupuesto y atender los procedimientos establecidos sin que ello signifique, necesariamente, que esté contribuyendo de manera significativa a resolver los problemas que justifican su existencia. El cumplimiento de las obligaciones legales y el buen desempeño institucional son condiciones indispensables de la gestión pública, pero deben articularse con propósitos socialmente relevantes.

De ahí que la gestión pública deba comprenderse como una actividad que integra dimensiones jurídicas, políticas, administrativas, económicas y sociales. Su desarrollo exige organizar recursos, coordinar instituciones, orientar decisiones, movilizar capacidades y establecer relaciones con la ciudadanía. También requiere conciliar principios que, en determinadas circunstancias, pueden generar tensiones: eficiencia y equidad, control y flexibilidad, continuidad administrativa e innovación, dirección gubernamental y participación ciudadana.

En este contexto, los modelos de gestión adquieren especial importancia, pues ofrecen marcos conceptuales y propuestas operativas para comprender, organizar y mejorar la actuación de las organizaciones públicas.

2.1.2         ¿Qué es un modelo de gestión?

Un modelo puede entenderse como una representación conceptual de una realidad o como una propuesta que establece determinados criterios para comprenderla y orientar la acción sobre ella. Los modelos permiten organizar ideas, identificar relaciones entre elementos, establecer prioridades y definir formas de actuación frente a situaciones concretas.

Según Felcman (2016, p. 69) «un modelo de gestión es una particular combinación de elementos que un organización utiliza para obtener resultados destinados al logro de objetivos. Tales elementos son: a) tecnologías centrales y de gestión que, b) transforman recursos disponibles en productos materiales y/o simbólicos para satisfacer fines, c)alineando el sistema social a todo lo anterior». El autor define como modelos de gestión pública «a aquellos cuyos sistemas de fines apuntan a satisfacer necesidades públicas».

De igual manera puede entenderse que un modelo de gestión es un conjunto articulado de principios, enfoques, criterios, métodos y herramientas que orientan la manera en que una organización se estructura, toma decisiones, administra sus recursos y desarrolla sus actividades para alcanzar determinados propósitos.

En virtud de lo anterior, un modelo de gestión no se reduce a una técnica administrativa, un procedimiento o un instrumento de trabajo. Aunque puede incorporar todos estos elementos, su alcance es más amplio, dado que ofrece una manera particular de comprender la organización y establece criterios acerca de cómo debe funcionar para alcanzar sus objetivos.

Además, es necesario distinguir, entre modelo, teoría, enfoque, técnica y sistema de gestión. Una teoría procura explicar determinados fenómenos; un enfoque privilegia una perspectiva desde la cual interpretarlos; una técnica establece procedimientos para realizar actividades específicas; y un sistema de gestión articula componentes, responsabilidades y procesos dentro de un marco organizado de actuación. El modelo puede integrar elementos de estas categorías, pero no se identifica necesariamente con ninguna de ellas.

Los modelos tampoco son estructuras inmutables ni soluciones universalmente aplicables. Su utilidad depende de la pertinencia de sus postulados, de las condiciones del contexto y de la capacidad de las organizaciones para adaptarlos a sus necesidades. Por ello, más que fórmulas que deban reproducirse mecánicamente, constituyen referentes para orientar decisiones y mejorar las prácticas de gestión.

2.1.3         ¿Qué es un modelo de gestión pública?

El estudio de los modelos de gestión en las organizaciones públicas parte de una pregunta fundamental:

¿Cómo lograr que las entidades del Estado cumplan sus metas institucionales, optimicen el uso de los recursos públicos, presten servicios de excelencia y respondan a las expectativas ciudadanas dentro de un marco de estricta legalidad?

Las respuestas a este interrogante son diversas y dependen de múltiples enfoques teóricos, ideológicos y prácticos. No obstante, en la aplicación concreta, la gerencia pública moderna recurre a la implementación de modelos de gestión pública.

En cuanto a las características de los modelos de gestión y de gestión pública, se puede establecer una distinción inicial: mientras que el concepto general de modelo de gestión comprende los esquemas, principios, estructuras y métodos que orientan la dirección de una organización, los modelos de gestión pública incorporan las particularidades del Estado, sus responsabilidades constitucionales, las relaciones entre política y administración y la obligación de producir resultados socialmente valiosos.

Desde una perspectiva integradora, definimos un modelo de gestión pública como el marco estructurado mediante el cual los gobiernos y las entidades estatales organizan, articulan y despliegan sus capacidades e insumos para alcanzar sus metas operativas, en estricta alineación con los fines esenciales del Estado. Un modelo de gestión pública abarca la filosofía institucional, los valores, los objetivos, las políticas públicas, la cultura organizacional, la caracterización del usuario o cliente-ciudadano, los mecanismos de interacción, las metodologías operativas y las tecnologías de gestión, entre otros.

Los modelos de gestión pública pueden privilegiar diferentes propósitos. Algunos enfatizan la legalidad, la especialización y la estabilidad administrativa; otros destacan la eficiencia, la evaluación del desempeño y la orientación a resultados. También existen enfoques que conceden especial importancia a la participación ciudadana, la colaboración entre actores, la innovación o la creación de valor público. Estas diferencias no significan que todos sus componentes sean incompatibles, sino que cada modelo responde a preocupaciones particulares y propone distintas formas de abordarlas.

Por ello, comprender los modelos de gestión pública exige examinar sus fundamentos, los problemas a los que responden, los principios que los orientan y las capacidades que procuran desarrollar.

2.1.4         Los elementos constitutivos de los modelos de gestión pública

Aunque los modelos de gestión pública presentan diferencias en sus fundamentos y alcances, es posible identificar algunos elementos comunes que permiten comprender su estructura y establecer comparaciones entre ellos.

¨  Fundamentos conceptuales, que expresan las ideas acerca del Estado, la administración, la sociedad y las relaciones entre las instituciones y la ciudadanía. Estos fundamentos determinan, en buena medida, la forma en que cada modelo interpreta los problemas de la gestión pública y concibe las respuestas institucionales.

¨   Los principios y valores orientadores, entre los que pueden encontrarse la legalidad, la eficiencia, la eficacia, la equidad, la transparencia, la participación, la responsabilidad y la innovación. La importancia atribuida a cada uno varía según la orientación del modelo.

¨  Los objetivos y resultados esperados, que definen los propósitos que se pretende alcanzar. Estos pueden relacionarse con el mejoramiento del funcionamiento administrativo, la calidad de los servicios, la coordinación institucional, el fortalecimiento de la confianza ciudadana o la solución de problemas públicos.

¨  Las estructuras organizacionales y los procesos de gestión, que comprenden la distribución de competencias, la asignación de responsabilidades, la planificación, la dirección, la toma de decisiones y la coordinación de las actividades institucionales.

¨    Los instrumentos y las herramientas de gestión, mediante los cuales se llevan a la práctica los principios del modelo. Entre ellos pueden mencionarse la planificación estratégica, la gestión por procesos, los indicadores de desempeño, los sistemas de información, la evaluación de resultados y los mecanismos de participación ciudadana.

¨  Las capacidades institucionales y mecanismos de seguimiento y aprendizaje, que permitan movilizar los recursos disponibles, evaluar los resultados, identificar dificultades y realizar los ajustes necesarios.

Estos elementos no aparecen necesariamente con la misma denominación ni tienen igual importancia en todos los modelos. Algunos presentan una estructura integral, mientras que otros se concentran en dimensiones específicas de la gestión. Sin embargo, su identificación facilita el análisis de sus aportes, limitaciones y posibilidades de aplicación.

2.2      Los modelos de gestión pública como respuestas a las necesidades del Estado y los problemas sociales.

Los modelos de gestión pública surgen en contextos históricos determinados, como respuestas a las transformaciones sociales, económicas, políticas y tecnológicas, a las limitaciones de las formas existentes de administración y a las nuevas exigencias de la sociedad. No solo permiten comprender el funcionamiento de las organizaciones estatales, sino que también ofrecen principios, enfoques y herramientas para mejorar su desempeño y fortalecer su capacidad de atender los problemas públicos.

Bajo esta perspectiva, el modelo burocrático racional-legal contribuyó a consolidar administraciones sustentadas en normas, competencias definidas, especialización y profesionalización. Sin embargo, las dificultades derivadas de la rigidez procedimental, la fragmentación administrativa y la limitada orientación a los resultados favorecieron la aparición de la Nueva Gestión Pública, que incorporó herramientas gerenciales, evaluación del desempeño y mecanismos para mejorar la eficiencia institucional. Posteriormente, las limitaciones de una perspectiva centrada principalmente en el rendimiento organizacional y la creciente complejidad de los problemas colectivos impulsaron enfoques como la gobernanza, el gobierno abierto, el gobierno integrado, la innovación pública y la creación de valor público.

Las contribuciones de estos modelos se expresan en diferentes dimensiones. En el ámbito administrativo, permiten revisar estructuras, simplificar procedimientos, fortalecer la profesionalización y optimizar los recursos; en el gerencial, aportan herramientas para planificar, establecer prioridades, coordinar actividades y evaluar el desempeño. Así también, contribuyen a mejorar la formulación e implementación de políticas públicas, la articulación institucional y la relación entre el Estado y la ciudadanía mediante la transparencia, la participación, la rendición de cuentas y el mejoramiento de los servicios.

Sin embargo, mejorar el funcionamiento de la administración no equivale necesariamente a transformar la realidad social. Una organización puede perfeccionar sus procedimientos, utilizar eficientemente sus recursos y cumplir sus metas institucionales sin producir cambios significativos en los problemas que justifican su intervención. Tampoco el cumplimiento de indicadores asegura que los beneficios se distribuyan equitativamente o respondan a las necesidades prioritarias de la población. Esta distinción exige valorar los modelos no solo por sus aportes al desempeño organizacional, sino también por su contribución efectiva al bienestar colectivo y a la generación de valor público.

Esta perspectiva resulta especialmente importante porque los problemas públicos son multidimensionales, sus causas suelen ser interdependientes y su solución requiere, con frecuencia, la actuación coordinada de distintas entidades, niveles de gobierno y actores sociales. Por ello, los modelos no deben entenderse como propuestas excluyentes ni como etapas sucesivas en las que uno elimina al anterior. Los principios burocráticos siguen siendo esenciales para que se den la legalidad y la continuidad administrativa; las herramientas gerenciales contribuyen a mejorar el desempeño; la gobernanza favorece la articulación entre actores; el gobierno abierto fortalece la transparencia y la participación, y la creación de valor público permite examinar la relevancia social y la legitimidad de los resultados.

Siendo así, la elección de un modelo de gestión pública debe partir de la comprensión del problema que se pretende resolver, las capacidades institucionales disponibles y las condiciones sociales y territoriales en las que se desarrollará la intervención. No se trata de identificar un modelo universalmente superior, sino de determinar qué principios, enfoques y herramientas resultan más pertinentes en cada circunstancia. El desafío consiste en integrar legalidad, eficiencia, coordinación, participación y evaluación, de manera que el fortalecimiento de las capacidades administrativas se traduzca en respuestas eficaces, equitativas y sostenibles a las necesidades de la sociedad.

2.3 Diversidad y complementariedad

2.3.1         Los principales modelos de gestión pública y sus contribuciones

Los modelos estudiados a lo largo de este libro expresan diferentes maneras de comprender y organizar la actuación del Estado. Cada uno destaca determinadas dimensiones de la gestión pública y ofrece herramientas para afrontar problemas específicos.

El modelo burocrático racional-legal contribuye a certificar la legalidad, la especialización, la definición de competencias y la continuidad administrativa. Su importancia permanece vigente, aunque requiere superar las prácticas excesivamente formalistas que pueden dificultar la capacidad de respuesta institucional.

La Nueva Gestión Pública incorpora principios y herramientas asociados con la planificación, el desempeño, la eficiencia y la evaluación de resultados en la gestión empresarial. Su principal contribución consiste en llamar la atención sobre la necesidad de mejorar el funcionamiento de las organizaciones públicas, aunque su aplicación requiere evitar que la productividad y los indicadores cuantitativos desplacen los valores propios de la función pública.

La Reinvención del gobierno propone revisar las formas tradicionales de funcionamiento gubernamental, promover la iniciativa administrativa y orientar la actuación institucional hacia resultados. Su aporte se relaciona con la búsqueda de organizaciones más adaptables y capaces de responder a las necesidades de la ciudadanía.

La Gerencia Social pone énfasis en la gestión de políticas y programas dirigidos al bienestar colectivo, especialmente frente a situaciones de pobreza, exclusión y desigualdad. Destaca la importancia de la participación, la articulación institucional y la orientación de las intervenciones hacia las necesidades sociales.

La Gobernanza aborda la gestión pública desde dos perspectivas: una descriptiva, referida a la interacción coordinada entre actores gubernamentales y no gubernamentales en la toma de decisiones; y una normativa, asociada al concepto de Buen Gobierno y la cocreación de lo público. En la práctica reconoce que la solución de numerosos problemas colectivos exige superar la actuación aislada de las entidades estatales y establecer relaciones de coordinación y cooperación con otros actores.

El Buen Gobierno destaca la integridad, la transparencia, la responsabilidad, la eficacia institucional y el respeto por el ordenamiento jurídico.

El Gobierno Electrónico y Digital aprovecha las tecnologías para transformar procesos, facilitar servicios, mejorar el acceso a la información y fortalecer las relaciones entre el Estado y la sociedad.

El Gobierno Abierto promueve una relación más transparente, participativa y colaborativa entre las instituciones y la ciudadanía.

La Innovación en la Gestión Pública busca desarrollar nuevas ideas, prácticas y soluciones que permitan mejorar la respuesta institucional.

El Marketing Social aporta herramientas para comprender comportamientos, comunicar propósitos colectivos y promover cambios socialmente deseables.

La Creación de Valor Público sitúa la relevancia social de los resultados como criterio fundamental para valorar la actuación estatal.

En el contexto colombiano, el Modelo Integrado de Planeación y Gestión (MIPG) ofrece un marco de referencia para articular políticas, prácticas e instrumentos orientados al mejoramiento de la gestión institucional y sus resultados. Su importancia radica en promover una visión integrada de la planeación, la ejecución, el seguimiento, la evaluación y el control, con orientación al servicio ciudadano.

2.3.2        La complementariedad de los modelos de gestión pública

Uno de los principales desafíos de la gestión pública de la actualidad consiste en superar la idea de que los modelos deben aplicarse de manera aislada o que la aparición de una nueva propuesta obliga a abandonar por completo las anteriores.

La complejidad de los problemas públicos exige reconocer que cada modelo ofrece aportes específicos, pero también presenta limitaciones. La legalidad y la especialización administrativa no responden plenamente por la eficacia de las intervenciones; la orientación a resultados no asegura automáticamente la equidad; la participación ciudadana no sustituye las responsabilidades legales de las instituciones, y la incorporación de tecnologías no resuelve sola los problemas de coordinación o de capacidad institucional.

De ahí la importancia de articular sus contribuciones. Los principios burocráticos pueden proporcionar estabilidad y seguridad jurídica; las herramientas gerenciales pueden mejorar la eficiencia y el desempeño; los enfoques de gobernanza pueden facilitar la cooperación entre actores, mientras que la innovación y la transformación digital pueden ampliar las capacidades para responder a las necesidades ciudadanas.

Esta complementariedad no consiste en acumular indiscriminadamente métodos, procedimientos e instrumentos. Exige identificar el problema, establecer los resultados esperados, reconocer las capacidades disponibles y seleccionar los componentes que puedan integrarse de manera coherente.

Por ejemplo, enfrentar la deserción escolar puede requerir procedimientos administrativos confiables, información oportuna sobre los estudiantes en riesgo, coordinación entre las autoridades educativas y los servicios sociales, participación de las familias e innovación en las estrategias pedagógicas. Ningún modelo, considerado aisladamente, ofrece necesariamente todas las respuestas requeridas.

Por esta razón, la gestión pública necesita una perspectiva integradora que permita combinar diferentes enfoques sin perder coherencia ni desatender los fines del Estado. La complementariedad supone, además, reconocer que las soluciones deben adaptarse a las particularidades de cada territorio y a las capacidades reales de sus instituciones.

2.4 Alcances y transformación de la gestión

2.4.1         Los límites de los modelos y las condiciones para su aplicación

La existencia de modelos bien fundamentados no asegura plenamente el mejoramiento de la gestión pública. Entre sus planteamientos teóricos y los resultados de su aplicación pueden surgir dificultades relacionadas con la insuficiencia de recursos, la debilidad institucional, la resistencia al cambio, la discontinuidad de las políticas y la falta de capacidades técnicas.

También pueden presentarse procesos de adopción formal en los que las organizaciones incorporan estructuras, manuales, indicadores o procedimientos sin transformar sustancialmente sus prácticas. En estos casos, el modelo termina convirtiéndose en un requisito administrativo y pierde su capacidad para orientar cambios efectivos.

Otro riesgo consiste en trasladar mecánicamente experiencias desarrolladas en contextos diferentes, sin considerar las particularidades jurídicas, políticas, económicas, culturales y territoriales de las instituciones receptoras. Una herramienta útil en determinada organización puede resultar insuficiente o inadecuada en otra.

Estas dificultades invitan a reconocer que los modelos deben interpretarse críticamente y aplicarse de acuerdo con las condiciones del contexto. No se trata de rechazar sus aportes, sino de evitar su utilización rígida o descontextualizada.

De igual manera, la incorporación de técnicas provenientes de la gestión privada requiere una adaptación a la naturaleza de las responsabilidades estatales. La eficiencia, la productividad y la racionalidad económica son importantes, pero no pueden convertirse en los únicos criterios para orientar las decisiones públicas. La equidad, la justicia, la transparencia, la garantía de derechos y la legitimidad democrática también forman parte de los propósitos que debe atender la gestión pública.

2.4.2 Criterios para seleccionar, adaptar y evaluar los modelos de gestión pública

La selección de un modelo de gestión pública debe responder a una valoración razonada de su pertinencia, sus posibilidades de aplicación y su contribución a los objetivos institucionales y sociales. No basta con que una propuesta sea innovadora o haya producido resultados favorables en otro contexto; es necesario establecer si responde a las condiciones y necesidades de la organización que pretende adoptarla.

En primer lugar, debe examinarse su pertinencia frente al problema público, identificando las capacidades y los cambios que se requieren para afrontarlo. En segundo lugar, es necesario valorar su coherencia con los fines del Estado, los principios jurídicos y los valores democráticos que orientan la actuación pública.

También deben considerarse la viabilidad institucional y financiera, la disponibilidad de recursos, las competencias del talento humano y las condiciones tecnológicas. A ello se suma la necesidad de examinar su compatibilidad con las estructuras, los sistemas y las políticas existentes, con el propósito de evitar duplicidades y contradicciones.

En fin, la aplicación de cualquier modelo debe incorporar mecanismos de seguimiento y evaluación que permitan determinar sus resultados, identificar dificultades y realizar los ajustes necesarios. La evaluación debe considerar tanto el mejoramiento del funcionamiento institucional como los efectos de la intervención sobre la población.

Estos criterios permiten comprender que adoptar un modelo no significa reproducir íntegramente todos sus componentes. En muchos casos, la decisión más adecuada consiste en seleccionar determinados principios, adaptar algunas herramientas o combinar aportes de diferentes enfoques. Lo importante es que esa decisión responda a un diagnóstico, mantenga coherencia institucional y se oriente a resultados relevantes para la sociedad.

2.5             Gestionar lo público es articular capacidades para transformar la sociedad

Los modelos de gestión pública representan distintas maneras de comprender y orientar la actuación de las instituciones estatales. Sus aportes permiten fortalecer la organización administrativa, mejorar el desempeño, promover la participación, desarrollar nuevas capacidades y ampliar las posibilidades de respuesta frente a los problemas colectivos. Sin embargo, ninguno constituye una solución universal ni avala de plano el mejoramiento de la gestión.

Su utilidad depende de la pertinencia de sus postulados, de las condiciones en las que se aplican y de la capacidad institucional para convertir sus principios en prácticas y resultados efectivos. Por ello, el desafío contemporáneo no consiste en adoptar sucesivamente modelos considerados novedosos, sino en comprender sus contribuciones, reconocer sus limitaciones y articularlos de manera coherente.

Esta perspectiva exige superar la fragmentación administrativa y entender que la gestión pública implica relacionar recursos, instituciones, conocimientos y actores sociales en función de propósitos compartidos. También requiere reconocer que el cumplimiento de las normas, la eficiencia operativa, la innovación y la participación no son fines aislados, sino dimensiones que deben contribuir a una actuación estatal legítima y socialmente relevante.

En definitiva, el sentido de los modelos de gestión pública no reside en su reproducción formal ni en la sofisticación de sus instrumentos. Reside en su capacidad para ayudar a construir instituciones más competentes, gobiernos más efectivos y relaciones más sólidas entre el Estado y la sociedad.

Considérese que gestionar lo público es, en esencia, articular capacidades institucionales, políticas y sociales para responder a los problemas colectivos y contribuir a la creación de valor público. Desde este enfoque, los modelos dejan de ser esquemas que se aplican mecánicamente y se convierten en referentes para pensar, orientar y transformar la gestión pública de acuerdo con las necesidades de cada sociedad.

 

 

 

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