jueves, 5 de noviembre de 2026

La Gestión Pública y los Modelos de Gestión

 

 

 MODELOS DE GESTIÓN

PARA LAS ORGANIZACIONES PÚBLICAS

Principios esenciales para la creación de valor público

Oscar Felipe Pardo Ramos

2026

 Capítulo 2

La gestión pública y los modelos de gestión

Introducción

La gestión pública ha evolucionado mediante distintos modelos que buscan orientar la organización y la actuación del Estado frente a las necesidades y los problemas de la sociedad. Cada modelo responde a contextos históricos, fundamentos teóricos y concepciones particulares sobre el papel del Estado, la administración y la ciudadanía. Comprender sus principios, aportes y limitaciones permite reconocer que no constituyen fórmulas excluyentes, sino enfoques que pueden complementarse y transformarse para fortalecer las capacidades institucionales y contribuir a la creación de valor público.

2.1 Fundamentos conceptuales

2.1.1         La gestión pública y sus propósitos

La gestión pública constituye una actividad esencial para el funcionamiento del Estado y la realización de sus fines. A través de ella, las decisiones políticas se traducen en acciones, las normas adquieren expresión práctica, los recursos se transforman en bienes y servicios y las instituciones desarrollan capacidades para responder a las necesidades de la sociedad. De este modo, su alcance trasciende la administración de recursos y el cumplimiento de procedimientos: comprende también la capacidad de los gobiernos para intervenir en la realidad social, afrontar los problemas colectivos y producir resultados que contribuyan al bienestar general.

Esta concepción permite distinguir entre el funcionamiento administrativo de las organizaciones públicas y la efectividad de su actuación frente a los problemas de la sociedad. Una entidad puede cumplir sus funciones, ejecutar su presupuesto y atender los procedimientos establecidos sin que ello signifique, necesariamente, que esté contribuyendo de manera significativa a resolver los problemas que justifican su existencia. El cumplimiento de las obligaciones legales y el buen desempeño institucional son condiciones indispensables de la gestión pública, pero deben articularse con propósitos socialmente relevantes.

De ahí que la gestión pública deba comprenderse como una actividad que integra dimensiones jurídicas, políticas, administrativas, económicas y sociales. Su desarrollo exige organizar recursos, coordinar instituciones, orientar decisiones, movilizar capacidades y establecer relaciones con la ciudadanía. También requiere conciliar principios que, en determinadas circunstancias, pueden generar tensiones: eficiencia y equidad, control y flexibilidad, continuidad administrativa e innovación, dirección gubernamental y participación ciudadana.

En este contexto, los modelos de gestión adquieren especial importancia, pues ofrecen marcos conceptuales y propuestas operativas para comprender, organizar y mejorar la actuación de las organizaciones públicas.

2.1.2         ¿Qué es un modelo de gestión?

Un modelo puede entenderse como una representación conceptual de una realidad o como una propuesta que establece determinados criterios para comprenderla y orientar la acción sobre ella. Los modelos permiten organizar ideas, identificar relaciones entre elementos, establecer prioridades y definir formas de actuación frente a situaciones concretas.

Según Felcman (2016, p. 69) «un modelo de gestión es una particular combinación de elementos que un organización utiliza para obtener resultados destinados al logro de objetivos. Tales elementos son: a) tecnologías centrales y de gestión que, b) transforman recursos disponibles en productos materiales y/o simbólicos para satisfacer fines, c)alineando el sistema social a todo lo anterior». El autor define como modelos de gestión pública «a aquellos cuyos sistemas de fines apuntan a satisfacer necesidades públicas».

De igual manera puede entenderse que un modelo de gestión es un conjunto articulado de principios, enfoques, criterios, métodos y herramientas que orientan la manera en que una organización se estructura, toma decisiones, administra sus recursos y desarrolla sus actividades para alcanzar determinados propósitos.

En virtud de lo anterior, un modelo de gestión no se reduce a una técnica administrativa, un procedimiento o un instrumento de trabajo. Aunque puede incorporar todos estos elementos, su alcance es más amplio, dado que ofrece una manera particular de comprender la organización y establece criterios acerca de cómo debe funcionar para alcanzar sus objetivos.

Además, es necesario distinguir, entre modelo, teoría, enfoque, técnica y sistema de gestión. Una teoría procura explicar determinados fenómenos; un enfoque privilegia una perspectiva desde la cual interpretarlos; una técnica establece procedimientos para realizar actividades específicas; y un sistema de gestión articula componentes, responsabilidades y procesos dentro de un marco organizado de actuación. El modelo puede integrar elementos de estas categorías, pero no se identifica necesariamente con ninguna de ellas.

Los modelos tampoco son estructuras inmutables ni soluciones universalmente aplicables. Su utilidad depende de la pertinencia de sus postulados, de las condiciones del contexto y de la capacidad de las organizaciones para adaptarlos a sus necesidades. Por ello, más que fórmulas que deban reproducirse mecánicamente, constituyen referentes para orientar decisiones y mejorar las prácticas de gestión.

2.1.3         ¿Qué es un modelo de gestión pública?

El estudio de los modelos de gestión en las organizaciones públicas parte de una pregunta fundamental:

¿Cómo lograr que las entidades del Estado cumplan sus metas institucionales, optimicen el uso de los recursos públicos, presten servicios de excelencia y respondan a las expectativas ciudadanas dentro de un marco de estricta legalidad?

Las respuestas a este interrogante son diversas y dependen de múltiples enfoques teóricos, ideológicos y prácticos. No obstante, en la aplicación concreta, la gerencia pública moderna recurre a la implementación de modelos de gestión pública.

En cuanto a las características de los modelos de gestión y de gestión pública, se puede establecer una distinción inicial: mientras que el concepto general de modelo de gestión comprende los esquemas, principios, estructuras y métodos que orientan la dirección de una organización, los modelos de gestión pública incorporan las particularidades del Estado, sus responsabilidades constitucionales, las relaciones entre política y administración y la obligación de producir resultados socialmente valiosos.

Desde una perspectiva integradora, definimos un modelo de gestión pública como el marco estructurado mediante el cual los gobiernos y las entidades estatales organizan, articulan y despliegan sus capacidades e insumos para alcanzar sus metas operativas, en estricta alineación con los fines esenciales del Estado. Un modelo de gestión pública abarca la filosofía institucional, los valores, los objetivos, las políticas públicas, la cultura organizacional, la caracterización del usuario o cliente-ciudadano, los mecanismos de interacción, las metodologías operativas y las tecnologías de gestión, entre otros.

Los modelos de gestión pública pueden privilegiar diferentes propósitos. Algunos enfatizan la legalidad, la especialización y la estabilidad administrativa; otros destacan la eficiencia, la evaluación del desempeño y la orientación a resultados. También existen enfoques que conceden especial importancia a la participación ciudadana, la colaboración entre actores, la innovación o la creación de valor público. Estas diferencias no significan que todos sus componentes sean incompatibles, sino que cada modelo responde a preocupaciones particulares y propone distintas formas de abordarlas.

Por ello, comprender los modelos de gestión pública exige examinar sus fundamentos, los problemas a los que responden, los principios que los orientan y las capacidades que procuran desarrollar.

2.1.4         Los elementos constitutivos de los modelos de gestión pública

Aunque los modelos de gestión pública presentan diferencias en sus fundamentos y alcances, es posible identificar algunos elementos comunes que permiten comprender su estructura y establecer comparaciones entre ellos.

¨  Fundamentos conceptuales, que expresan las ideas acerca del Estado, la administración, la sociedad y las relaciones entre las instituciones y la ciudadanía. Estos fundamentos determinan, en buena medida, la forma en que cada modelo interpreta los problemas de la gestión pública y concibe las respuestas institucionales.

¨   Los principios y valores orientadores, entre los que pueden encontrarse la legalidad, la eficiencia, la eficacia, la equidad, la transparencia, la participación, la responsabilidad y la innovación. La importancia atribuida a cada uno varía según la orientación del modelo.

¨  Los objetivos y resultados esperados, que definen los propósitos que se pretende alcanzar. Estos pueden relacionarse con el mejoramiento del funcionamiento administrativo, la calidad de los servicios, la coordinación institucional, el fortalecimiento de la confianza ciudadana o la solución de problemas públicos.

¨  Las estructuras organizacionales y los procesos de gestión, que comprenden la distribución de competencias, la asignación de responsabilidades, la planificación, la dirección, la toma de decisiones y la coordinación de las actividades institucionales.

¨    Los instrumentos y las herramientas de gestión, mediante los cuales se llevan a la práctica los principios del modelo. Entre ellos pueden mencionarse la planificación estratégica, la gestión por procesos, los indicadores de desempeño, los sistemas de información, la evaluación de resultados y los mecanismos de participación ciudadana.

¨  Las capacidades institucionales y mecanismos de seguimiento y aprendizaje, que permitan movilizar los recursos disponibles, evaluar los resultados, identificar dificultades y realizar los ajustes necesarios.

Estos elementos no aparecen necesariamente con la misma denominación ni tienen igual importancia en todos los modelos. Algunos presentan una estructura integral, mientras que otros se concentran en dimensiones específicas de la gestión. Sin embargo, su identificación facilita el análisis de sus aportes, limitaciones y posibilidades de aplicación.

2.2      Los modelos de gestión pública como respuestas a las necesidades del Estado y los problemas sociales.

Los modelos de gestión pública surgen en contextos históricos determinados, como respuestas a las transformaciones sociales, económicas, políticas y tecnológicas, a las limitaciones de las formas existentes de administración y a las nuevas exigencias de la sociedad. No solo permiten comprender el funcionamiento de las organizaciones estatales, sino que también ofrecen principios, enfoques y herramientas para mejorar su desempeño y fortalecer su capacidad de atender los problemas públicos.

Bajo esta perspectiva, el modelo burocrático racional-legal contribuyó a consolidar administraciones sustentadas en normas, competencias definidas, especialización y profesionalización. Sin embargo, las dificultades derivadas de la rigidez procedimental, la fragmentación administrativa y la limitada orientación a los resultados favorecieron la aparición de la Nueva Gestión Pública, que incorporó herramientas gerenciales, evaluación del desempeño y mecanismos para mejorar la eficiencia institucional. Posteriormente, las limitaciones de una perspectiva centrada principalmente en el rendimiento organizacional y la creciente complejidad de los problemas colectivos impulsaron enfoques como la gobernanza, el gobierno abierto, el gobierno integrado, la innovación pública y la creación de valor público.

Las contribuciones de estos modelos se expresan en diferentes dimensiones. En el ámbito administrativo, permiten revisar estructuras, simplificar procedimientos, fortalecer la profesionalización y optimizar los recursos; en el gerencial, aportan herramientas para planificar, establecer prioridades, coordinar actividades y evaluar el desempeño. Así también, contribuyen a mejorar la formulación e implementación de políticas públicas, la articulación institucional y la relación entre el Estado y la ciudadanía mediante la transparencia, la participación, la rendición de cuentas y el mejoramiento de los servicios.

Sin embargo, mejorar el funcionamiento de la administración no equivale necesariamente a transformar la realidad social. Una organización puede perfeccionar sus procedimientos, utilizar eficientemente sus recursos y cumplir sus metas institucionales sin producir cambios significativos en los problemas que justifican su intervención. Tampoco el cumplimiento de indicadores asegura que los beneficios se distribuyan equitativamente o respondan a las necesidades prioritarias de la población. Esta distinción exige valorar los modelos no solo por sus aportes al desempeño organizacional, sino también por su contribución efectiva al bienestar colectivo y a la generación de valor público.

Esta perspectiva resulta especialmente importante porque los problemas públicos son multidimensionales, sus causas suelen ser interdependientes y su solución requiere, con frecuencia, la actuación coordinada de distintas entidades, niveles de gobierno y actores sociales. Por ello, los modelos no deben entenderse como propuestas excluyentes ni como etapas sucesivas en las que uno elimina al anterior. Los principios burocráticos siguen siendo esenciales para que se den la legalidad y la continuidad administrativa; las herramientas gerenciales contribuyen a mejorar el desempeño; la gobernanza favorece la articulación entre actores; el gobierno abierto fortalece la transparencia y la participación, y la creación de valor público permite examinar la relevancia social y la legitimidad de los resultados.

Siendo así, la elección de un modelo de gestión pública debe partir de la comprensión del problema que se pretende resolver, las capacidades institucionales disponibles y las condiciones sociales y territoriales en las que se desarrollará la intervención. No se trata de identificar un modelo universalmente superior, sino de determinar qué principios, enfoques y herramientas resultan más pertinentes en cada circunstancia. El desafío consiste en integrar legalidad, eficiencia, coordinación, participación y evaluación, de manera que el fortalecimiento de las capacidades administrativas se traduzca en respuestas eficaces, equitativas y sostenibles a las necesidades de la sociedad.

2.3 Diversidad y complementariedad

2.3.1         Los principales modelos de gestión pública y sus contribuciones

Los modelos estudiados a lo largo de este libro expresan diferentes maneras de comprender y organizar la actuación del Estado. Cada uno destaca determinadas dimensiones de la gestión pública y ofrece herramientas para afrontar problemas específicos.

El modelo burocrático racional-legal contribuye a certificar la legalidad, la especialización, la definición de competencias y la continuidad administrativa. Su importancia permanece vigente, aunque requiere superar las prácticas excesivamente formalistas que pueden dificultar la capacidad de respuesta institucional.

La Nueva Gestión Pública incorpora principios y herramientas asociados con la planificación, el desempeño, la eficiencia y la evaluación de resultados en la gestión empresarial. Su principal contribución consiste en llamar la atención sobre la necesidad de mejorar el funcionamiento de las organizaciones públicas, aunque su aplicación requiere evitar que la productividad y los indicadores cuantitativos desplacen los valores propios de la función pública.

La Reinvención del gobierno propone revisar las formas tradicionales de funcionamiento gubernamental, promover la iniciativa administrativa y orientar la actuación institucional hacia resultados. Su aporte se relaciona con la búsqueda de organizaciones más adaptables y capaces de responder a las necesidades de la ciudadanía.

La Gerencia Social pone énfasis en la gestión de políticas y programas dirigidos al bienestar colectivo, especialmente frente a situaciones de pobreza, exclusión y desigualdad. Destaca la importancia de la participación, la articulación institucional y la orientación de las intervenciones hacia las necesidades sociales.

La Gobernanza aborda la gestión pública desde dos perspectivas: una descriptiva, referida a la interacción coordinada entre actores gubernamentales y no gubernamentales en la toma de decisiones; y una normativa, asociada al concepto de Buen Gobierno y la cocreación de lo público. En la práctica reconoce que la solución de numerosos problemas colectivos exige superar la actuación aislada de las entidades estatales y establecer relaciones de coordinación y cooperación con otros actores.

El Buen Gobierno destaca la integridad, la transparencia, la responsabilidad, la eficacia institucional y el respeto por el ordenamiento jurídico.

El Gobierno Electrónico y Digital aprovecha las tecnologías para transformar procesos, facilitar servicios, mejorar el acceso a la información y fortalecer las relaciones entre el Estado y la sociedad.

El Gobierno Abierto promueve una relación más transparente, participativa y colaborativa entre las instituciones y la ciudadanía.

La Innovación en la Gestión Pública busca desarrollar nuevas ideas, prácticas y soluciones que permitan mejorar la respuesta institucional.

El Marketing Social aporta herramientas para comprender comportamientos, comunicar propósitos colectivos y promover cambios socialmente deseables.

La Creación de Valor Público sitúa la relevancia social de los resultados como criterio fundamental para valorar la actuación estatal.

En el contexto colombiano, el Modelo Integrado de Planeación y Gestión (MIPG) ofrece un marco de referencia para articular políticas, prácticas e instrumentos orientados al mejoramiento de la gestión institucional y sus resultados. Su importancia radica en promover una visión integrada de la planeación, la ejecución, el seguimiento, la evaluación y el control, con orientación al servicio ciudadano.

2.3.2        La complementariedad de los modelos de gestión pública

Uno de los principales desafíos de la gestión pública de la actualidad consiste en superar la idea de que los modelos deben aplicarse de manera aislada o que la aparición de una nueva propuesta obliga a abandonar por completo las anteriores.

La complejidad de los problemas públicos exige reconocer que cada modelo ofrece aportes específicos, pero también presenta limitaciones. La legalidad y la especialización administrativa no responden plenamente por la eficacia de las intervenciones; la orientación a resultados no asegura automáticamente la equidad; la participación ciudadana no sustituye las responsabilidades legales de las instituciones, y la incorporación de tecnologías no resuelve sola los problemas de coordinación o de capacidad institucional.

De ahí la importancia de articular sus contribuciones. Los principios burocráticos pueden proporcionar estabilidad y seguridad jurídica; las herramientas gerenciales pueden mejorar la eficiencia y el desempeño; los enfoques de gobernanza pueden facilitar la cooperación entre actores, mientras que la innovación y la transformación digital pueden ampliar las capacidades para responder a las necesidades ciudadanas.

Esta complementariedad no consiste en acumular indiscriminadamente métodos, procedimientos e instrumentos. Exige identificar el problema, establecer los resultados esperados, reconocer las capacidades disponibles y seleccionar los componentes que puedan integrarse de manera coherente.

Por ejemplo, enfrentar la deserción escolar puede requerir procedimientos administrativos confiables, información oportuna sobre los estudiantes en riesgo, coordinación entre las autoridades educativas y los servicios sociales, participación de las familias e innovación en las estrategias pedagógicas. Ningún modelo, considerado aisladamente, ofrece necesariamente todas las respuestas requeridas.

Por esta razón, la gestión pública necesita una perspectiva integradora que permita combinar diferentes enfoques sin perder coherencia ni desatender los fines del Estado. La complementariedad supone, además, reconocer que las soluciones deben adaptarse a las particularidades de cada territorio y a las capacidades reales de sus instituciones.

2.4 Alcances y transformación de la gestión

2.4.1         Los límites de los modelos y las condiciones para su aplicación

La existencia de modelos bien fundamentados no asegura plenamente el mejoramiento de la gestión pública. Entre sus planteamientos teóricos y los resultados de su aplicación pueden surgir dificultades relacionadas con la insuficiencia de recursos, la debilidad institucional, la resistencia al cambio, la discontinuidad de las políticas y la falta de capacidades técnicas.

También pueden presentarse procesos de adopción formal en los que las organizaciones incorporan estructuras, manuales, indicadores o procedimientos sin transformar sustancialmente sus prácticas. En estos casos, el modelo termina convirtiéndose en un requisito administrativo y pierde su capacidad para orientar cambios efectivos.

Otro riesgo consiste en trasladar mecánicamente experiencias desarrolladas en contextos diferentes, sin considerar las particularidades jurídicas, políticas, económicas, culturales y territoriales de las instituciones receptoras. Una herramienta útil en determinada organización puede resultar insuficiente o inadecuada en otra.

Estas dificultades invitan a reconocer que los modelos deben interpretarse críticamente y aplicarse de acuerdo con las condiciones del contexto. No se trata de rechazar sus aportes, sino de evitar su utilización rígida o descontextualizada.

De igual manera, la incorporación de técnicas provenientes de la gestión privada requiere una adaptación a la naturaleza de las responsabilidades estatales. La eficiencia, la productividad y la racionalidad económica son importantes, pero no pueden convertirse en los únicos criterios para orientar las decisiones públicas. La equidad, la justicia, la transparencia, la garantía de derechos y la legitimidad democrática también forman parte de los propósitos que debe atender la gestión pública.

2.4.2 Criterios para seleccionar, adaptar y evaluar los modelos de gestión pública

La selección de un modelo de gestión pública debe responder a una valoración razonada de su pertinencia, sus posibilidades de aplicación y su contribución a los objetivos institucionales y sociales. No basta con que una propuesta sea innovadora o haya producido resultados favorables en otro contexto; es necesario establecer si responde a las condiciones y necesidades de la organización que pretende adoptarla.

En primer lugar, debe examinarse su pertinencia frente al problema público, identificando las capacidades y los cambios que se requieren para afrontarlo. En segundo lugar, es necesario valorar su coherencia con los fines del Estado, los principios jurídicos y los valores democráticos que orientan la actuación pública.

También deben considerarse la viabilidad institucional y financiera, la disponibilidad de recursos, las competencias del talento humano y las condiciones tecnológicas. A ello se suma la necesidad de examinar su compatibilidad con las estructuras, los sistemas y las políticas existentes, con el propósito de evitar duplicidades y contradicciones.

En fin, la aplicación de cualquier modelo debe incorporar mecanismos de seguimiento y evaluación que permitan determinar sus resultados, identificar dificultades y realizar los ajustes necesarios. La evaluación debe considerar tanto el mejoramiento del funcionamiento institucional como los efectos de la intervención sobre la población.

Estos criterios permiten comprender que adoptar un modelo no significa reproducir íntegramente todos sus componentes. En muchos casos, la decisión más adecuada consiste en seleccionar determinados principios, adaptar algunas herramientas o combinar aportes de diferentes enfoques. Lo importante es que esa decisión responda a un diagnóstico, mantenga coherencia institucional y se oriente a resultados relevantes para la sociedad.

2.5             Gestionar lo público es articular capacidades para transformar la sociedad

Los modelos de gestión pública representan distintas maneras de comprender y orientar la actuación de las instituciones estatales. Sus aportes permiten fortalecer la organización administrativa, mejorar el desempeño, promover la participación, desarrollar nuevas capacidades y ampliar las posibilidades de respuesta frente a los problemas colectivos. Sin embargo, ninguno constituye una solución universal ni avala de plano el mejoramiento de la gestión.

Su utilidad depende de la pertinencia de sus postulados, de las condiciones en las que se aplican y de la capacidad institucional para convertir sus principios en prácticas y resultados efectivos. Por ello, el desafío contemporáneo no consiste en adoptar sucesivamente modelos considerados novedosos, sino en comprender sus contribuciones, reconocer sus limitaciones y articularlos de manera coherente.

Esta perspectiva exige superar la fragmentación administrativa y entender que la gestión pública implica relacionar recursos, instituciones, conocimientos y actores sociales en función de propósitos compartidos. También requiere reconocer que el cumplimiento de las normas, la eficiencia operativa, la innovación y la participación no son fines aislados, sino dimensiones que deben contribuir a una actuación estatal legítima y socialmente relevante.

En definitiva, el sentido de los modelos de gestión pública no reside en su reproducción formal ni en la sofisticación de sus instrumentos. Reside en su capacidad para ayudar a construir instituciones más competentes, gobiernos más efectivos y relaciones más sólidas entre el Estado y la sociedad.

Considérese que gestionar lo público es, en esencia, articular capacidades institucionales, políticas y sociales para responder a los problemas colectivos y contribuir a la creación de valor público. Desde este enfoque, los modelos dejan de ser esquemas que se aplican mecánicamente y se convierten en referentes para pensar, orientar y transformar la gestión pública de acuerdo con las necesidades de cada sociedad.

 

 

 

jueves, 9 de enero de 2020


Beccaria: en defensa de los más altos
valores de la justicia y del derecho

«Dichosas, pues, aquellas pocas naciones que, sin esperar el tardo y alternativo movimiento de las combinaciones humanas, aceleraron con buenas leyes los pasos intermedios de un camino que guiase al bien, evitando de este modo que la extremidad de los males los forzase a ejecutarlo; y tengamos por digno de nuestro reconocimiento al filósofo que, desde lo oscuro y despreciado de su aposento, tuvo valor para arrojar entre la muchedumbre las primeras simientes de las verdades útiles, por tanto tiempo infructuosas».
Cesare Bonesana, Marqués de Beccaria, De los delitos y las penas, 1764.  

Introducción

En el presente ensayo se resalta la influencia de Cesare Beccaria en el pensamiento jurídico penal de Occidente, en especial sus ideas consignadas en su famosa obra Tratado de los delitos y las penas, publicada de forma anónima en 1764, tal vez por justificado temor al Tribunal del Santo Oficio, cuando apenas contaba con 26 años de edad. Se comentan, así mismo, las principales ideas planteadas en el libro precitado, en especial, las que se consideran precursoras en lo relacionado con el reconocimiento de principios, derechos y garantías de los acusados, que devienen en pilares fundantes del derecho penal contemporáneo, caracterizado por ser humanista y garantista en grado sumo.

Quién fue Cesare Bonesana

Cesare Bonesana, Marqués de Beccaria (Milán, Italia 1738 - id., 1794), antes que jurista fue economista y profesor de economía y escribió algunas obras[1] que gozaron del reconocimiento, no solo de la academia, sino también de un gran sector del público ilustrado de su época, destacándose como un pionero en la defensa del proteccionismo económico de las naciones. En este campo su aporte fue tan importante que el mismo Schumpeter[2] llegó a compararlo con Adam Smith, como señalan Leiva y Lugo (2015, p.135). También ejerció como colaborador en la revista Il Caffé en el periodo comprendido entre 1764 y 1776, donde fue exponiendo inicialmente las ideas que plasmó en su obra principal; y, además, participó activamente en la Academia de los Puños, una especie de círculo académico, que funcionó en Milán.

En cuanto a su formación se ha escrito que Beccaria tuvo una excelente educación, pues estudió inicialmente en la orden de los Jesuitas y luego continuó sus estudios en la Universidad de Pavía, en la que obtuvo su título de abogado. También se considera que el estudio de algunos autores de la Ilustración como Voltaire, por ejemplo, marcaron su pensamiento y su manera de ver el mundo. Y, como el mismo reconoce, fue un admirador de Montesquieu y seguidor de sus ideas -en especial de la clasificación de las leyes y la tridivisión de los poderes públicos- expuestas en El espíritu de las leyes. Pero, quizá su mayor influencia la recibió de J.J. Rosseau, pues, la teoría del contrato social se resalta en los apartes más relevantes de su obra, dándole un sentido humanista y universal al ejercicio de la administración de justicia en cualquier Estado.

El contexto histórico en que surgió su obra

La Europa medieval, a solo dos décadas del estallido de la Revolución Francesa de 1789, era a la sazón, un continente donde el capitalismo avanzaba inexorablemente entre las ruinas del sistema feudal, al tiempo que la Ilustración develaba y atacaba al «oscurantismo» afianzado durante varios siglos, propiciado por la Iglesia Católica que se había impuesto como doctrina oficial a los estados.

Así, también, en esa época se consolidaba la concepción iusnaturalista, considerada primigenia y prevalente sobre el Derecho positivo. Además, se presentaba la transición del sistema inquisitivo a un sistema procesal mixto. Precisamente en la época de publicación de su famosa obra, el Tribunal de la Inquisición funcionaba en todo su apogeo con su aterradora carga de «justicia» violenta y cruel y cuya máxima central parecía ser «más vale condenar a un inocente que dejar libre a un culpable[3]».

Por otro lado, se resalta que en 1760 estuvo un tiempo en prisión -a la edad de 22 años-, por solicitud de su padre quien no consentía una relación amorosa de su hijo con quien se casaría después, episodio en el que sufrió los rigores y el tormento de la cárcel, lo que, sin duda, lo marcó y le dio la experiencia útil y necesaria para consolidar sus ideas sobre el derecho penal (Leyva y Lugo, 2015, p.136).

La importancia del libro Tratado de los delitos y la penas

Resistir la prueba del tiempo es una prueba inequívoca de la calidad de su obra cumbre Tratado de los delitos y la penas. Publicada en 1764, se disemina por la Francia prerrevolucionaria y luego se publica en 22 idiomas con lo que amplió su difusión al resto de Europa en poco tiempo. Algunos autores afirman que esta obra pudo influenciar la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano de 1789, pues en algunos de sus artículos pueden vislumbrarse principios y garantías de orden procesal enunciados por Beccaria años antes. Pero, al parecer no fue solo eso sino el fuerte impacto de sus ideas en los jueces, quienes a partir de entonces empezaron a tener una nueva actitud ante los delitos y las penas.

Sin embargo, valga aclarar que también Beccaria ha tenido detractores, como puede leerse en Zaffaroni (1988, p.522 y ss), estos contradictores que surgieron en la misma Italia, lo consideraron como un simple producto del pensamiento francés, carente de originalidad. Al respecto el autor citado contradice estas afirmaciones señalando que: «Beccaria hizo lo que nadie había hecho, dirigiéndose al público culto de su tiempo. Por ello, fue un creador y, a su respecto, sucede lo mismo que con los restantes creadores que conoció la Humanidad: todos son cuestionados porque tuvieron precursores y antecedentes, a los que sus detractores pretenden asignarles todo el mérito de la creación». Explica este autor que, aunque Beccaria no fue ni pretendió ser un filósofo, su indudable originalidad radica en haber mostrado coherentemente las consecuencias de la aplicación de ideas filosóficas de su tiempo en el campo del control social punitivo (p.523).

De igual manera, Goite (2014, p.7) señala que basta con reconocer el entorno del pensamiento contemporáneo, matizado por la categórica influencia de la economía globalizada, de las políticas económicas suicidas, que crea su propia delincuencia y tiene su propio fenómeno criminal, para comprender la vigencia del pensamiento de Beccaria más de 250 años después de la publicación de su obra.

Ahora bien, aunque la mayoría de las ideas de esta obra son destacables por su influencia en el derecho penal universal, se resaltan en este trabajo, por razones de espacio, solo las siguientes:

·         La conformación del delito y la consecuente penalización a los infractores del sistema social que causan daño a los demás. De hecho, es considerado un precursor de la teoría del daño social.
·         El derecho de castigar a los infractores: las penas deben imponerse por la necesidad de hacerlo y éstas deben estar establecidas en la ley.
·         La facultad de que dispone en exclusiva el legislador para tipificar las penas, que no deben corresponderle al juez, pues en este caso podrían ser injustas.
·         El papel de los jueces al interpretar la ley, lo cual deben hacer con honestidad e imparcialidad.
·         La importancia de que las leyes sean claras para el entendimiento de toda la sociedad, pues de ser así, sería menor la cantidad de delitos cometidos.
·         La proporcionalidad de los delitos con respecto a las penas y la imposición de la pena según el daño causado.
·         La clasificación de los delitos entre los que destruyen a la sociedad, los que afectan la seguridad y las que desconocen el mandato de hacer o no hacer.
·         El fin de las penas es lograr que el individuo que cometió un delito no vuelva a cometerlo.
·         Tratar que los ciudadanos no cometiesen delitos no es deshacer un delito ya cometido, pues eso es imposible, por eso nadie debe ser condenado sino ha cometido delito.
·         La intensidad de las penas de inclinarse por la menos dolorosa para el condenado y la que produzca el mayor impacto posible en el ánimo de las personas.
·         La eliminación de las acusaciones secretas, los testigos no creíbles, la tortura, la confiscación de bienes, el destierro y la pena de muerte, pues, su práctica además de indignas, demuestran la debilidad de los regímenes que las apliquen.
·         La paradoja de las penas pecuniarias, pues quien debía defender la seguridad pública se beneficiaba económicamente de dichas ofensas.
·         La recompensa a la virtud como forma importante de evitar el delito.
·         Las penas deben ser acordes con el estado de la nación misma.
·         Un pueblo poco civilizado debe tener una legislación más fuerte y a medida que una nación se civiliza su legislación debe suavizarse.
·         La pena para ser legítima debe ser pública, rápida, necesaria, la menor posible, proporcional al delito cometido y dictada conforme a la ley

Como se observa, los aportes de Beccaria han sido de gran trascendencia dado que, muchas de estas ideas han influido los ordenamientos penales de diferentes países y la razón primordial es que esta obra sienta los fundamentos humanistas para un sistema penal que en su tiempo (siglo XVIII y anteriores) negaba los mínimos derechos de los procesados, por la inconveniencia de los procedimientos, la insuficiencia de los medios probatorios, el abuso en las sanciones y las actitudes de los administradores de justicia. En este sentido, fue un férreo defensor de las ideas de prudencia, justicia y equidad, principios que siguen siendo inamovibles en el derecho moderno.

En el caso colombiano, un vistazo rápido al Título de las normas rectoras del Código Penal y, sin necesidad de profundizar, nos enseña cómo muchas de las ideas de Beccaria están integradas en este ordenamiento. Principios como: la dignidad humana, los de las sanciones penales (necesidad, proporcionalidad y razonabilidad), de legalidad, igualdad, las funciones de la pena y de la medida de seguridad, las características de la conducta punible (típicidad, antijurídicidad y culpabilidad) y los de las sanciones penales, entre otros, demuestran la universalidad y vigencia de su pensamiento y su influencia en el derecho penal colombiano. Pero, más importante aún es que muchas de estas ideas adquirieron en Colombia rango constitucional, así: la inviolabilidad del derecho a la vida, la prohibición de la desaparición forzada, las torturas, los  tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes, la esclavitud, la servidumbre y la trata de seres humanos en todas sus formas, las penas de destierro, prisión perpetua y confiscación, al tiempo que consagra el derecho a la honra y al buen nombre. Además, se incorporan: el principio de legalidad en la preexistencia de la ley como requisito para el juzgamiento, condena y prisión; y de manera especial el debido proceso, la favorabilidad de la ley permisiva o favorable sobre la restrictiva o desfavorable y la presunción de inocencia, entre otras. Por ello, es evidente que la carta de derechos fundamentales de la Constitución colombiana, una de las más completas del mundo,  tiene la impronta indeleble de las preclaras ideas de Beccaria.

Conclusiones

La obra de Beccaría constituye un hito fundamental para el desarrollo del derecho penal universal, habida cuenta de la novedad de sus ideas. El libro Tratado de los delitos y la penas (1764) constituye un punto de inflexión entre dos sistemas penales: uno absolutista, manejado a capricho de jueces y que concebía las penas como una especie de venganza del Estado contra el condenado y la propuesta de un nuevo sistema mixto de enjuiciar que considerara y reconociera unos mínimos derechos de éste.

En esta perspectiva, el libro comentado, además, de sus aportes al pensamiento ilustrado de la Revolución Francesa y otras contribuciones del actuar jurídico-penal, constituye una piedra angular del pensamiento penal contemporáneo, pues, muchas de las ideas plasmadas en su obra y que se relacionan arriba, han sido incorporadas a los códigos penales de Occidente y, por supuesto al colombiano; y aunque pueda parecer un poco exagerado, se puede afirmar que el debido proceso, como derecho universal, tiene pleno asidero y reconocimiento en la obra de este connotado autor.

Además de lo expuesto, se puede decir que la vigencia de su pensamiento se hace palpable, también, en una de las características fundamentales del derecho penal moderno: «ser garantista», lo que es tal vez, uno de sus más importantes legados.

En definitiva, en la sociedad universal actual, en la que el desarrollo del conocimiento y las tecnologías, así como el reconocimiento y las garantías de los derechos humanos ofrecen la oportunidad de una mejor calidad de vida, se evidencia, así mismo, que el crimen no cesa y que, al contrario, va evolucionado de acuerdo con las circunstancias para continuar generando daño social siempre que pueda. En estas circunstancias, la colosal obra de Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, es una lectura edificante, esclarecedora y contundente que nos recuerda la fragilidad de los sentimientos humanos y el compromiso de la humanidad plena de luchar por la defensa de los más altos valores de la justicia y el derecho.

Referencias consultadas

-      Beccaria, C. (2015). Tratado de los delitos y las penas (or. 1764). Universidad Carlos III De Madrid. En: https://e-archivo.uc3m.es/bitstream/handle/10016/20199/tratado_beccaria

-      Goite, Mayda. (2014). ¿Qué queda de Beccaria 250 años después de la publicación de “Los delitos y las penas”? En: Las ciencias penales y criminológicas frente al espejo del tiempo. U de la Habana.

-      Leyva Estupiñán, Manuel Alberto y Lugo Arteaga, Larisb el (2015). “La influencia de Beccaria en el Derecho Penal moderno”, Revista Derecho Penal y Criminología, Vol. 37, n.° 101, julio-diciembre de 2015. Bogotá: Universidad Externado de Colombia, pp. 133-151. DOI: http://dx.doi.org/10.18601/ 01210483.v36n101.05.

-      Zaffaroni, Eugenio. (1988). La influencia del pensamiento de Cesare Beccaria sobre la política criminal en el mundo. En: https://revistas.uexternado.edu.co/index.php/derpen/article/view/4612




[1] Entre estas se destaca “Curso de Economía”, eclipsada por su obra maestra Tratado de los delitos y las penas.
[2] Joseph Alois Schumpeter (Trest, Moravia, 8 de febrero de 1883-Taconic, Salisbury, 8 de enero de 1950) ​ fue un destacado economista austro-estadounidense, ministro de Finanzas en Austria (1919-1920) y  profesor de la Universidad de Harvard desde 1932 hasta su muerte (Wikipedia).
[3] Leyva y Lugo (2015, p.136) citan en su trabajo la frase de Justiniano contenido en el Digesto del 533 d.C. y que rezaba: “Satius enim esse impunitum relinqui facinus nocentis, quam innocentem damnari” “Es mejor dejar libre a un culpable que castigar a un inocente”.  Revista Derecho Penal y Criminología • volumen xxxvi - número 101 - julio-diciembre de 2015 • pp. 133-151.

La Gestión Pública y los Modelos de Gestión

      MODELOS DE GESTIÓN PARA LAS ORGANIZACIONES PÚBLICAS Principios esenciales para la creación de valor público Oscar Felipe Pardo...